La palabra forense viene del latín forum que no es otra cosa que mercado, plaza o espacio público en
que el que tiene lugar la vida de los y las ciudadanas griegas y romanas. Era
en el forum donde tenían lugar los
juicios, por eso, con frecuencia se cita el apelativo de jurídico-forense para
nombrar aquellos profesionales que esclarecen circunstancias de los delitos y
las denuncias.
Para comprender la labor de la psicología forense en las
Salas de lo Penal es preciso entender un poco cómo funciona un tribunal. La ley
surgió para traer paz a los miembros de la sociedad, por tanto, el
funcionamiento de las salas de justicia es similar al de cualquier otro
conflicto. De manera muy simple podríamos decir que hay alguien que ataca (acusa).
Hay alguien que defiende (defiende de las acusaciones) y otro alguien que decide
quién es el vencedor (árbitro, que por analogía sería juez). De manera más
fiel, en un Juicio (o Vista Oral) podremos encontrar los siguientes miembros:
-Magistratura
(Juezes/as): Parte imparcial, toma en cuenta todas las pruebas y aplica el
código en base a ellas (en derecho inquisitorial como ocurre en España).
-Fiscalía (ACUSA): Es
esa persona que el Estado pone al servicio del denunciante o
la víctima y que lo representa.
-Abogacía de la
Defensa (DEFIENDE): En la mayor parte de códigos legales del mundo está recogido
que todos tenemos derecho a un juicio justo. Independientemente de lo que leve
o escabroso de un delito, esta persona se encargará que defender los derechos y
la versión del acusado.
-Abogacía de la Acusación
(ACUSA): Además de la Fiscalía, de manera particular, el denunciante,
perjudicado o víctima puede tener una
representación en la sala de justicia.
Como es lógico cada uno tiene su lugar en la sala de
justicia, y suele ser fijo e inamovible. Los jueces está al fondo de la sala y
el público es el más cercano a la entrada. Si alguna vez ha estado en una sala
de justicia verá que la colocación es la siguiente:
De esta manera, en
las salas de justica los psicólogos forenses pueden ser de dos tipos:
1.- Psicólogo/a
Forense de Oficio. Cuando el profesional es llamado por la Magistratura o la Fiscalía (p. ej. Fiscalía de Menores) se
llama de Oficio y depende de los Juzgados. Habitualmente trabajan dentro de los
Institutos de Medicina Legal (IML) o bien en gabinetes con convenio con el IML.
2.-Psícologo/a
Forense de Parte. Cuando el denunciante (perjudicado o víctima) o el
denunciado (acusado) es quien llaman al Psicólogo/o Forense se denomina de
Parte.
Existen ciertos prejuicios a cerca de cada uno de ellos pero lo cierto
es que tanto Psicólogos Forenses de Oficio como de Parte realizan el mismo juramento (o promesa) a decir la verdad y están sujetos a las mismas sanciones
penales ante el incumplimiento del mismo.
Por tanto, a excepción del público, cualquiera de las partes
(Magistratura, Fiscalía, Defensa y Acusación) puede aportar pruebas
psicológico-forenses que permitan esclarecer los hechos. De manera gráfica
podría resumirse así:
Ya por último mencionar que los psicólogos/as forenses de
Parte son privados mientras que los de Oficio son públicos. Más allá de quien
los contrate, la labor de los abogados es representar los intereses de sus
clientes, mientras que la labor de los peritos es la de representar la verdad. Si
usted desea alguien que defienda exclusivamente su verdad no le extrañe que a lo largo del proceso de evaluación
surjan datos que usted no tenía previstos o no desea que sean conocidos por el
Tribunal. Antes de llamar a un psicólogo/a forense le rogamos tenga esto en
cuenta.
Típicamente suele decirse que sin cuerpo no hay delito. Desde la criminología más clásica y fría, suele hablarse de la pareja criminal, entendiendo por ésta, la unión de dos personas entrelazadas por un mismo hecho delictivo con dos puntos de vista: la víctima y el delincuente. A continuación, se analizan algunos de los factores implicados en los casos de Abusos Sexuales Infantiles (ASI).
En primer lugar, una estimación muy gruesa del fenómeno de ASI, situó las tasas en España entre el 4.2 y el 28.8 % según la fuente de información. Cuando se les pregunta a los adultos a cerca de sus vidas, hasta un 19 % de la población adulta admite haber sufrido abuso sexual en algún momento de su vida. Esas fueron las conclusiones de un estudio llevado a cabo por López y su equipo. A primera vista, se puede pensar que es una cifra exagerada pero tal y como nos dice Kalichman (1993), sólo un 40 % por ciento de ellos se denuncian.Por su parte, de los que se denuncian según, según Ceci y Hembrooke (2001), entre 5 % y un 35 % de los casos en realidad no han sucedido. Una buena parte de éstos se producen en el ámbito de las disputas por custodia. Diversos autores parecen de acuerdo al afirmar que cuando hay custodias de por medio, el 33% (Thoennes y Tjaden, 1990) y el 36% (Green, 1986) de las de alegaciones de abuso sexual hacia al progenitor no custodio, son falsas 1(citado por Garrido y Masip, 2004).
Este inconveniente es el habitual en el contexto forense y está en dilucidar qué casos son falsos de cuáles son reales. Vayamos con aquellos datos habituales en los casos de ASI reales.
Perfil de Víctima
Hay una serie de condiciones que hacen más proclive el padecimiento de ASI. En concreto, las niñas y las personas con discapacidad intelectual son dos grupos clave de riesgo. En cuanto a la edad, Almonte, Insunza y Ruiz (2002) 2 han puesto de manifiesto que de 6 a 11 años es la franja en la que se produjeron 27 de los 44 episodios de ASI estudiados: un 61.36 %. En cuanto a las consecuencias de los abusos sexuales son muy diversas, tal y como detallan varios autores 1,2,3 y merecía un artículo exclusivo.
Datos extraídos de Almonte, Insunza y Ruiz (2002) 2 .
Perfil de la Familia
El ASI dentro de la familia se da en el 65,9% de los casos, mientras que el 31.8% de ellos se da fuera de la familia2. Las familias multiparentales, aquellas en el contexto de nuevas parejas y las familias monoparentales son los contextos más habituales del ASI 3. De esta manera, en aquellas familias denominadas reconstruidas el riesgo de ASI es dos veces más alto, siendo los casos más frecuentes aquellos desarrollados por la figura del padrastro. Por su parte, un buen número de familias presenta aparente normalidad de cara al público y "los trapos sucios se lavan en casa".
En el seno familiar o cuando el abusador es conocido, es frecuente que aparezca “la ley del silencio” que no es más que un mecanismo para encubrir el abuso. Para mantener esta ley del silencio es habitual el empleo de amenazas (p, ej: “Si lo cuentas mato a tu madre y tú y yo nos vamos a la cárcel”) y chantajes. Así mismo, es habitual encontrar una anulación de esa gran figura que es la madre. Con frecuencia esta figura está bajo el control del agresor que usa tácticas de maltrato. Otra manera de anulación es aquella ocurre cuando la madre padece problemas emocionales o bien está expuesta a cargas de trabajo excesivas fuera de casa. El caso es que el abusador disponga de tiempo.
Podríamos pensar que los abusos sexuales ocurren en lugares tan fríos como las personas que los prepetran pero la realidad es que la mayoría tienen lugar en las cocinas, los salones y los cuartos de cálidos hogares. Concretamente, el 96,7% de los casos de abusos ocurrió en un sitio familiar para el menor (casa del abusado, en casa del abusador o colegio, mayoritariamente2).
Perfil de Abusador
Según Trabazo y Azor (2009), de manera genérica, los pedófilos son mayoritariamente varones, de manera que tan sólo un 13 % son mujeres y un 87% hombres. Un 20% de los abusadores son adolescentes, si bien el grueso de edad tiene de 30 a 50 años , habitualmente están casados y son allegados (profesores, vecinos, etc.) de la víctima y su apariencia es normal, con estilo convencional e inteligencia media.
Hay autores como Becerra (2013) que han indicado que este tipo de delincuentes padece más Trastornos de Personalidad, en concreto del grupo C (ansiosos o temerosos): Evitativos, Dependientes y Obsesivo-Compulsivos, problemas de apego en la infancia y en la adultez y mayor frecuencia de trastornos afectivos y de consumo de sustancias. De manera más llana, Perrone y Martínez (2007) indican dos perfiles, los cuales denominaremos el infantilizado y el dominante.
El abusador sexual infantilizado idealiza la figura de la víctima como pura e ideal. Por su parte, es un individuo dulce, inocente, inmaduro y bien integrado dentro de la familia 3. Tal y como nos índice Villanueva: “A la hora de definir la relación, se muestra sumiso, acepta el predomino de su mujer, y puede inspirar ternura, simpatía, lástima y deseo de protección. En este caso, la unión abusador-víctima se caracteriza por un estrecho repertorio de intercambios focalizados en la ternura y la búsqueda de gratificaciones bipersonales”.
Por su parte, el abusador dominante tiene rasgos más antisociales y suele despreciar el entorno social y son frecuentes las conductas de sometimiento mediante violencia física y/o psicológica 3. Habitualmente su comportamiento es más osado y temerario, y con frecuencia las amenazas están más presentes.
Sería complicado cerrar este capítulo sin mencionar dos circunstancias dramáticas para el sistema jurídico. La primera es la de los casos que se cierran por falta de pruebas, y es que un 39% de los abusos no deja secuelas físicas 1. En estos casos, la pericial psicológica es una opción especialmente adecuada. La otra circunstancia dramática es el estigma que representa ser acusado falsamente de un delito de semejante calibre. Por otro lado, es importante recordar que en la noche más oscura es cuando más brillan las estrellas. Por ello, resulta conmovedor ver cómo hay auténticos gigantes menores de edad capaces de denunciar a abusadores sexuales y derrumbar sus tiranías. Por estas titanas y titanes henchidos de valentía hay que recordar que el sistema jurídico-asistencial debe ser lo más cálido y menos invasivo posible. Porque ya es bastante difícil vivirlo como para tener que revivirlo varias y que además de ser víctima de un delito, existe una victimización secundaria y una victimización terciaria.
Referencias:
1 Garrido, E. y Masip, J. (2004). La Evaluación del Abuso Sexual Infantil. Ponencia presentada en el I Congreso de Psicología Jurídica y Forense en Red.
2Almonte, C. , Insunza, C. y Ruizv, C. (2002). Abuso sexual en niños y adolescentes de ambos sexos. Chil. neuro-psiquiatr. v.40 n.1 .
3Villanueva, I. (2013). El abuso sexual infantil: Perfil del abusador, la familia, el niño víctima y consecuencias psíquicas del abuso. En Psicogente, 16(30), 451-470
“Hay un pasado que se fue para siempre pero hay un futuro
que todavía es nuestro”.
Frederick William Robertson
El pasado es ese punto de nuestra historia que vuelve en
cualquier momento para recordarnos quién fuimos ayer y quienes somos hoy. Y es
que, independiente de que esos momentos fueran buenos o malos, ya pasaron. Con
todo, el pasado sigue ahí y nos acompaña cada día allá donde vamos. Pero, ¿qué ocurre cuando nuestro
pasado nos atormenta, ensombreciendo el sol del presente? Pues que se puede llegar a pasar entre regular y muy mal. Y lo cierto es que todos tenemos derecho a sentirnos bien(OMS,2013). Aunque bienestar y felicidad no son lo mismo, sí parece que tenemos derecho a, cuanto menos, unas migajas sustanciosas de felicidad. Esto es coherente con lo que nos dice la Dra. Francine Shapiro. al afirmar que. "sólo porque lo sientas no tiene por qué ser verdad".
El enfoque EMDR ( Eye Movement Desensitization and Reprocessing o Desensibilización y Reprocesamiento por los
Movimientos Oculares) asume que cuando los recuerdos nos afectan en el presente
es porque nuestro cerebro no tuvo la oportunidad para poder integrarlos con
éxito. De esta manera, el cerebro intenta superar estos recuerdos (o síntomas), traiéndolos al presente una y otra vez con el fin de que nos acostumbremos a
ellos. Por tanto, el enfoque EMDR asume que la ansiedad, los miedos, las
obsesiones y otros problemas nacen de experiencias pasadas no resueltas.
Ahora bien, unas de las limitaciones actuales del EMDR es
que está indicado sobretodo para el Trastorno de Estrés Postraumático,
reduciendo entre 77 y el 100% de la secuelas psicológicas derivadas de los
traumas. Cierto es que hay resultados prometedores para la Depresión Bipolar.
Pero también es cierto que para problemas como la depresión, puede ayudar a
superar e integrar experiencias traumáticas, aunque lo hará como complemento a
otras terapias psicológicas de eficacia conocida, las cuales es preciso que el profesional domine.
La utilidad como complemento para la depresión, viene de la mano de que la depresión,
con frecuencia, surge a raíz de algo (fallecimiento de alguien importante,
ruptura amorosa, despido, etc.). El EMDR ayudará a reducir las emociones sobre
los disparadores de los pensamientos depresivos y gracias a otras técnicas
permite a la persona avanzar hacia delante.
Pero, ¿cómo se superan los traumas usando EMDR? Pues
mediante el Procesamiento Adaptativo de la Información (PAI), que es una
capacidad del cerebro para procesar recuerdos. Imagínese que su mente es una
red y que las malas experiencias que le azoran son hilos sueltos de esa red. El
EMDR “reconecta” estas experiencias sueltas dentro de la red gracias a la capacidad
natural del cerebro para reconectar redes, la cual llamamos PAI. Si por
casualidad le viene a la mente el anuncio de algún champú reparador de puntas,
también sería un buen ejemplo de cómo actúa el EMDR. Por tanto, es el PAI el que permite
dar sentido y utilidad a las malas experiencias (o síntomas), haciendo
adaptativo lo que es desaptativo. En otras palabras, permite que el cerebro
asimile lo malo para que de ello se pueda sacar una experiencia productiva.
¿Y todo esto se hace sólo hablando de los traumas? Si bien es
cierto que la escucha es una parte importante del proceso, va más allá de hablar y escuchar. La
herramienta principal es la activación de los dos hemisferios. Si usted toca su pierna derecha, su hemisferio izquierdo es el que se activa y viceversa. El EMDR usa los Movimientos Oculares (M.O.) como principal método de activación de ambos hemisferios. Como supondrá, existen otros métodos de estimular ambos hemisferios. Muy resumidamente el proceso terapéutico es el siguiente: en la fase 1 es donde la escucha y la
comprensión tienen una importancia capital ya que de ella depende los traumas que se van reprocesar. Estos traumas son el objetivo del EMDR, por ello se llama targets (objetivos en inglés). Básicamente hay dos tipos de targets. Las primeras "T" representan amenazas contra la vida o la integridad física de las personas. El segundo tipo son las "t", y representan momentos en los que una persona se sintió abandonada o con carencias afectivas (f el abandono en la infancia solía ser sinónimo de muerte). En la fase 2 se prepara al paciente y se le dota de los recursos
psicológicos necesarios. Se establece lo que se denomina "Un lugar seguro".En la fase 3 se mide el grado de perturbación del las "T" o las "t". Ya en la fase 4, podríamos decir que es donde más se aplican los Movimientos Oculares
(MO). En las fases 5, 6, 7 y 8 es donde nos aseguramos que el reprocesamiento de
la experiencia se ha producido correctamente, lo afianzamos y preparamos a la persona para el futuro. Entonces el proceso llega a su fin. A lo largo se ha trabajado con los elementos que componen los targets o recuerdos a procesar (Imagen, Cogniciones, Emociones, Sensaciones Físicas) así como las creencias negativas que nos pesan. Más allá de la sensaciones subjetivas, estamos ante una herramienta psicoterapéutica que, tal y cómo comenta Pagani (2012), produce cambios neurológicos
en el área límbica (lugar implicado en el almacenamiento y recuperación de la
memoria, entre otras funciones) así como a regiones asociativas.
Esquema gráfico del área Límbica y descripción de algunas de sus funciones.
Además de estos cambios neurológicos, es importante aclarar
que a lo largo del proceso de EMDR, hay buenos y malos momentos. Dentro de los buenos están las sensaciones de reconciliación, de tranquilidad, de seguridad o de volver a sentir cariño por un padre. Dentro de los malos están la tristeza, la soledad, la rabia y la culpa que llevamos en nuestro interior día a día y que guardamos en el cajón del falso olvido. Es lógico pensar que cuando aparecen recuerdos que llevan mucho tiempo ahí abajo, uno se encuentra con sensaciones paradógicas, con emociones intensas y con reacciones curiosas. Pero así es cómo un pasado oscuro puede dar a luz a un
futuro prometedor.
Una vez un funcionario de justicia con más de cuarenta años al servicio del Estado
español, me dijo: “así quieras la respuesta, así has de formular la pregunta”. Y
desde luego, existen sobrados argumentos científicos que ponen de manifiesto
que la manera de preguntar afecta a la manera de responder. En el caso de los y
las testigos, la manera de realizar las entrevistas determinará, entre otras
cosas, la cantidad y la calidad de
información que de ellos se puede extraer. De manera clásica, jueces, policías
y abogados se sirven dos instrumentos básicos:
-Entrevista Narrativa. El método busca que el sujeto relate o narre
libremente los acontecimientos tal cual los vivió. De manera que, el testigo se
limita a dar su versión recordando los detalles que acuden a su mente. Ejemplo:
“¿qué fue lo que pasó?”
-Entrevista Interrogativa. Este método consiste
en hacer preguntas concretas sobre los hechos, de manera que el testigo va
siguiendo sus recuerdos guiados por el entrevistador. Ejemplo: En el momento de
los hechos, ¿usted estaba en el salón o la cocina?
Tal y como cita
el Dr. Ramón Arce de la Unidad de Santiago de Compostela y su equipo, fue Alonso-Quecuty
(1993) la que propuso la utilización conjunta de la entrevista narrativa y la interrogativa como solución a este
problema. Obviamente, el orden de utilización es sumamente importante. Primero
ha de utilizarse la entrevista narrativa y posteriormente la interrogativa. Si
primero se lleva a cabo la Entrevista Interrogativa y luego pasamos la
Entrevista Narrativa, correremos el peligro de que los interrogadores, con sus
preguntas estén contaminando detalles narraciones posteriores. Esta influencia
es lo que se conoce como información postsuceso. En otras palabras, la
influencia de los entrevistadores puede estar afectando algunos detalles de los
recuerdos, importantes o no para en el
proceso judicial. A tal efecto, D. Antonio L. Manzanero ha publicado un nuevo libro, dando cuenta de estos procesos de interferencia y otros fenómenos relacionados con la memoria.
Retomando el tema anterior, la
entrevista policial o estándar adolece de una serie de problemas, puestos de
manifiesto por Fisher, Geiselman y Raymond (1984) identificando tres problemas
fundamentales:
-Frecuentas interrupciones en las descripciones de
testigos. Esto genera menos información de la que
realmente hay. Le memoria no entiende de recuerdos importantes o no
importantes, se limita enlazar unas cosas agrupándolas en nodos de memoria. Con
frecuencia es preciso activar nodos latentes a través de la reconstrucción de contextos
(véase la Entrevista Cognitiva explicada por Ibáñez Peinado, 20081). De manera que las interrupciones generan información más vaga e imprecisa ya que a
los testigos no se les da tiempo y
concentración para que sus memorias activen todos los nodos a los que están
conectados.
-Exceso de preguntas de respuesta corta (p .ej: ¿Estaba
usted en el baño o en el salón?).Este tipo de preguntas genera en el testigo una
tasa inferior de concentración a las preguntas abiertas. Además, la información obtenida se circunscribe
únicamente a la solicitud formulada, de manera que se pierde información
valiosa pero no solicitada.
-Secuencia inadecuada de preguntas.
oPredeterminado (p.ej: Cuente desde el principio): Puede contravenir la representación mental del testigo ya que la memoria no
siempre va de adelante hacia atrás.
o“De vuelta atrás”:Interrumpen el flujo
argumentativo.
oArbitrario: Interrupciones y problemas de
concentración.
Más allá de los
problemas de la entrevista policial o estándar existen una serie de cuestiones
a tener en cuenta cuando es un agente de policía el que realiza el
interrogatorio a un detenido. Tal y como nos dice la doctora en Filología
Hispánica Raquel Taranilla (2011)2, el interrogatorio es “el medio
por el cual el presunto responsable de un delito manifiesta sus conocimientos a
cerca de los hechos que se le imputan”. Así mismo, desde varias teorías
sociales provenientes del marco del Análisis Crítico del Discurso, el
interrogatorio es una actividad orientada a confirmar y legitimar las
conclusiones de quien pregunta, un agente en este caso. Más allá de la influencia de teorías sociales,
desde la psicología se sabe que tanto en el interrogatorio como en cualquier
otra tipo de situación, entran en juego una serie de tendencias hacia la que
cae todo aquel que tiene cerebro humano. Estas tendencias reciben el nombre de
heurísticos; maneras del cerebro para buscar información y respuestas rápidas.
Lógicamente y como casi todo lo rápido, tiene una elevada tendencia a al error,
de ahí que se llamen sesgos (cognitivos). A continuación, se exponen dos de estos errores que
tienen mucha relevancia a la hora de hacer un interrogatorio y una entrevista
de una sola sesión:
Sesgo de confirmación. Esta tendencia
del cerebro, descrita por Peter C. Wason, no es más que la tendencia a buscar
información compatible con nuestras ideas, creencias o hipótesis, independientemente de que esa información sea
objetiva o no. Por tanto, el mero hecho de pensar que una persona es culpable nos llevará a seleccionar aquella información que nos confirme la culpabilidad.En el siguiente vídeo se nos ofrece una explicación de la enorme
influencia de este sesgo:
Error fundamental de atribución (también
conocido como sesgo de correspondencia). Fue descubierto por Lee Ross (1971) y ocurre
a la hora de explicar un comportamiento ajeno. Este efecto consiste en la
tendencia a pensar que el comportamiento
externo (p.ej: una reacción de enfado) se debe a las características internas
del individuo (p.ej: es un vinagre de hombre o un amargado) antes que a
variables externas al individuo (por ejemplo, que la situación resulta
angustiosa o que tiene un mal día). En otras palabras, es la tendencia a pensar
que los demás actúan porque son así , antes que pensar que es la situación la que
les puede estar llevando a actuar de esa manera. Obviamente, este sesgo no
entra en juego cuando es nuestro comportamiento el que hay que explicar. De
esta manera, tendemos a pensar que si alguien se salta un semáforo es un
incívico, un irrespetuoso o un descuidado. Si por el contrario somos nosotros
los que nos saltamos el semáforo tenderemos a pensar que fue un descuido (ajeno
a nuestra voluntad ya que estábamos preocupados o ansiosos) o que sencillamente
llevábamos prisa.
Por tanto, el
arte de hace preguntas y generar respuestas está lejos de ser una cuestión
sencilla o banal. Por ello, es importante plantearse qué método de entrevista resulta el más adecuado a la situación. De cualquier manera, incluso procedimientos avanzados, efectivos y
especializados como la Entrevista Cognitiva Mejorada (Fisher y Geiselman,
1992) o la Entrevista Clínico-Forense
(Arce y Fariña., 2005) precisan ser complementados de otros métodos para gozar
de una adecuada fiabilidad y validez. A mayores, tal y como citan varios
autores, son precisos muchos años de formación en estas técnicas. De esta
manera, parece ser que el único enfoque con garantías suficientes es la aproximación multimétodo. Algunos de estos
complementos a la entrevista son:
-Repetición de la declaración en dos momentos diferentes
con diferencia entre ambas con al menos una semana.
-Grabación de las entrevistas (tanto para una
adecuada y de ser el caso, metódica
transcripción, como para la revisión por parte de otros agentes jurídicos:
magistrados, letrados, fiscalía o peritos de parte) y aplicación de métodos de
gimnasia cognitiva (técnicas facilitadoras del recuerdo).
-Contraste de las diversas declaraciones a lo largo del
proceso mediante un sistema estandarizado (p.ej: el SVA, acrónimo de Statement Validity Assessmen).
-Estudio psicométrico del evaluado (usando pruebas de
control de la simulación/disimulación: MMPI-2, 16 PF-5, SIMS, etc.).
-Establecimiento de la huella psíquica del delito, de ser
el caso.
-Consulta de bibliografía especializada para el
contraste de hipótesis.
Por todo ello, si usted desea que se refleje de manera fiel y neutra la comisión de ciertos hechos, es muy probable que precise lo servicios de un profesional especializado. Así mismo, le recordamos que los lugares propicios para poner una denuncia son las comisarías de policía y también los juzgados de guardia. Antes de cerrar, deseo dedicarle este artículo a D. Ricardo Manuel Martín Ferrera, funcionario de justicia que desempeñó durante más de cuarenta años una labor encomiable dentro de los Juzgados de Instrucción, Primera Instancia, Juzgados de lo Penal y Vigilancia Penitenciaria de las Palmas de Gran Canaria.
Referencias.
1
Ibañez Peinado, 2008. La Entrevista Cognitiva: Una revisión teórica.
Psicopatología Clínica Legal y Forense, Vol. 8, 2008, pp. 129-159.
2
Taranilla, Raquel (2011). Análisis Lingüístico de la transcripción del relato
de los hechos policiales en el interrogatorio policial. ELUA. Estudios de
Lingüística. N. 25 (2011). ISSN 0212-7636, pp. 101-134
De manera general, se habla de dos
clases de daño: el daño patrimonial y los daños extrapatrimoniales (Navarro y
Segura, 2008). Dentro del daño
patrimonial, esto es, el referido sobre
las propiedades del perjudicado, se incluye el coste de las reparaciones de las
propiedades (daño emergente) así como
las pérdidas de ingresos producidas a raíz del evento (lucro cesante).
Más allá de los daños ocasionados
sobre las propiedades del perjudicado y aquellas que pudo conseguir, están los daños extrapatrimoniales, a saber,
el daño corporal y el daño moral (dentro del cual está el daño psicológico).
Pudiendo entenderse, de esta manera, que
una persona no posee un cuerpo o una mente, si no que es ambas cosas.
En cuanto al daño extrapatrimonial,
se considera difícil su reparación por la tasación del mismo. Y es que, si bien
es fácil saber cuál es el valor de una propiedad o el dinero que se ha dejado
de ganar, más complicado parece estimar cuánto vale una persona y sus
respectivas partes. Al menos, si no se lleva una adecuada evaluación de la persona. De esta manera, se ha generado una abundante doctrina y
jurisprudencia (Navarro y Martín, 2008) en relación con los daños
extrapatrimoniales buscando mejoras en las clarificación y cuantificación de
los mismos. Con tal suerte, que el daño moral se ha definido como aquello que “no es daño emergente ni lucro cesante”
(Polacco, 1915, tal como se cita en Navarro y Martín, 2008, p. 45). Esto es,
aquel daño que no consiste en una pérdida económica o en una falta de ganancia.
Definición más abstracta del daño moral, aunque
más reciente, es la ofrecida por el Tribunal Supremo, un glorioso 31 de mayo
del año 2000 (RJ200/5089) que lo define como: “daño que recae sobre el acervo
espiritual” (Navarro y Martín, 2008, p. 46). Más ampliamente, se han dado descripciones más exhaustivas y
cercanas como la dadas por Álvarez (1966), que incluye dentro del daño moral, aquellas
cuestiones no pecuniarias como son “el dolor, los sentimientos y afectos más importantes
y elevados del perjudicado así como los bienes de la persona como salud, libertad,
honestidad, honor, etc.” ( tal y como se cita en Navarro y Martín, 2008, p. 45).
Desde el punto de vista psicológico, ésta es una definición especialmente
acertada ya que nos abre el campo a clasificar aquellas áreas susceptibles de
sufrir un menoscabo.
Ya de lleno en el daño moral, es
pertinente ilustrar que procede de la
locución latina pretium doloris (Barrientos, 2008) o
“precio del dolor”, expresión originaria del seno del derecho canónico. Una
expresión similar ha sido usada por el derecho alemán bajo el término "Wergeld"; "rescate de la sangre" o "dinero del
dolor". Por tanto, se aprecia bajo el paradigma del Derecho Comparativo,
como dos culturas diferentes alcanzan la necesidad de restablecimiento de los
perjuicios originados por un acontecimiento de consabidas consecuencias
dolorosas.
Una cuestión muy
relacionada con la reparación del daño es la de las valoraciones globales
realizadas por los Órganos Jurídicos. En principio, parece existir consenso en
rehuir de éstas en la línea marcada por la STS de 13 de junio de 1986 (RTC
1986/78), por la cual se “establece la
necesidad de detallar las sentencias indemnizatorias por las cuales se repara
el daño así como motivar las cantidades concedidas para evitar el fenómeno de
una valoración global” (Navarro y Martín, 2008, p. 49). Ahora bien, de acuerdo con el Real Decreto 8/2004, de 29 de octubre por el que se
aprueba el texto refundido de la Ley sobre Responsabilidad Civil y Seguros en
la Circulación de Vehículos a Motor, a lo
largo de las Tablas de indemnización una
expresión bastante repetida es la de “daños morales incluidos”. Este fenómeno
contradictorio es el que ocurre en las
Tablas I y III, que figuran en el Anexo del Real Decreto Legislativo
8/2004, de 29 de octubre, por el que se aprueba el Texto Refundido de la Ley
sobre Responsabilidad Civil y Seguros en la Circulación de Vehículos a Motor (
LRCSCVM) y actualizadas como corresponde
anualmente en el BOE del 30 de enero de 2013, relativas respectivamente a “Indemnizaciones básicas por muerte incluidos
daños morales” e “Indemnizaciones básicas por lesiones permanentes (incluidos
daños morales)”. Por tanto, al darse el término de daño moral como elementoincluido dentro del daño corporal, la recomendación del Tribunal Supremo podría
caer en saco roto a favor de una sistematización globalizadora.
Una matización obligada, tal y como
se cita López y García (2012), se refiere al concepto de pretium doloris , entendiendo éste, no como daño moral en sentido
estricto, si no como dolor producto del daño corporal, que si bien no puede ser
reparado, sí pude ser compensado. Afirmando que el pretium
doloris, bajo esta acepción literal,
tan poco se incluiría en la Tabla III.
Sea como fuere, en
España, se da una tendencia a incluir los daños morales dentro de las lesiones
básicas o complementarias a menos que se constate su existencia. De manera que,
por defecto, una sentencia tendrá tendencias globalizadoras. Afortunadamente,
otras naciones como Reino Unido, Bélgica,
Francia o Italia han resuelto, el
problema de las valoraciones globales, unas con más elegancia y acierto que
otras, máxime en el caso de Italia que separa la indemnización del daño
corporal de la del daño moral, siendo la indemnización total la suma de ambas.
Con frecuencia madres y padres acuden a las
consultas de psicología con una pregunta bajo el brazo: ¿por qué mi hijo o hija
me rechaza? En la mayor parte de los casos esto suele ocurrir en casos de
separación, divorcio o disputa conyugal. Estos progenitores, afectados por el rechazo de sus hijos, suelen haber
buscado en internet pistas de cuál es la causa de semejantes sentimientos. Ya
de base, suelen pensar que es la ex pareja la causante de tal rechazo, a veces con razón. En cualquier caso, y gracias a internet, la suelen venir a consulta con la idea más o menos clara de que lo que les pasa a sus hijos/as es un
Síndrome de Alienación Parental (SAP) o “algo parecido”. Esto quiere decir que,
sencillamente, el progenitor que tiene la custodia está usando al menor (o
menores) para ponerlo en contra del otro progenitor, bien por despecho, rencor
u otros motivos diversos. Los
comportamientos de rechazo de los menores pueden expresarse mediante críticas encubiertas del tipo (“estás
gordo/a” o “no haces nada”) hasta críticas claramente abiertas (“eres un
inútil”, “eres un sinvergüenza” o
insultos diversos) llegando incluso a las agresiones físicas.
Como algunos autores ya han indicado, el
Síndrome de Alienación Parental (SAP),
propuesto por Gadner en 1985, es un término válido en tanto que describe
una realidad, pero que precisa de algunos
matices importantes. El primero de ellos es que no se puede hablar de síndrome
ya que no está recogido en los tratados de Psiquiatría y Psicología (DSM-V y
CIE-10). El segundo matiz es que con relativa frecuencia son otras figuras
familiares (abuelos, tíos o actuales
parejas) las que pueden estar vilipendiando al progenitor rechazado.
*
Un tercer matiz del SAP, el cual está sobradamente documentado por un buen número de autores (Gadner, 1985; Johston y Campbell, 1988; Cartwright, 1993; Bolaños, 2000; Burrillo, 2001), es que el rechazo al progenitor no tenga otra justificación (p.ej: abandonos, malos tratos, etc.). Y este punto es uno de los más definitorios de un auténtico caso de SAP, del cual se habla en el siguiente vídeo de manera resumida:
Ahora bien, ¿hay otras causas para que un hijo/a rechace a un padre, una madre o un tutor?
Razonablemente, la respuesta es sí.
Y desde luego, aunque el SAP es relativamente frecuente, nos es la causa
principal de que los hijos rechacen a una parte de sus familias y se posicionen a favor de la otra. De acuerdo con el sentido común, un estilo parental negligente
(desatender los cuidados del menor,
castigos altamente desproporcionados o abusos físicos o sexuales, entre
otros elementos) pueden originar reacciones de rechazo en los menores hacia el
padre, la madre o un tutor (Cartié y cols., 2005) de estilo negligente.
*
Otra de las causas que puede
originar reacciones de rechazo hacia uno de los padres es, nada más y nada
menos, que el elevado conflicto entre ambas partes. De esta manera, cuando
estamos ante separaciones o litigios con una alta conflictividad, los menores
se ven entre la espada y la pared. Entonces, su supervivencia emocional se ve
severamente amenazada. Tal y como nos ilustra Iñaki Bolaños (2002), ante la
separación altamente conflictiva, los niños sienten que están en medio de un
fuego cruzado en el que sienten que deben tomar partido (o tomar posición).
Esta manera de tomar partido, consiste en asegurar el afecto de uno de los dos
progenitores. Por la naturaleza del conflicto
de alta intensidad, ambas partes (madres, padres o tutores) están enfrentadas y
se ven como rivales (al que hay que neutralizar y en el más conflictivo de los
casos, destruir). Producto de este enfrentamiento emocional, los niños se ven
obligados a aliarse (o posicionarse) con un bando (generalmente con el que
viven) y rechazar o agredir al otro para convertirse en aliados activos. Inconscientemente, los menores tan sólo están asegurando su supervivencia emocional. El colmo sería pensar que los niños se van a
quedar quietos viendo cómo las dos personas que más quieren amenazan con
desligarse de la familia que les ha dado la vida. Mirándolo en positivo, se
podría decir que el corazón de los niños es tan grande que son capaces de
rechazar la mitad de su corazón con tal de que permanezca intacta la otra
mitad. Aquí, una adecuada (y asesorada) comunicación de madres y padres (o las
partes en conflicto) e hijos/as puede ahorrar muchos problemas emocionales,
interpersonales y judiciales. Si esto no
funcionara, las soluciones legales como la mediación o la intervención especializada
de programas como el de “Programa Ruptura de Pareja, No de Familia"
o ambos a la vez han de emplearse para resolver la situación conflictiva, de la
cual son principal víctima los menores.
Resumiendo el rechazo de los hijos hacia a los padres, madres o
tutores puede deberse, muy en esencia, a
tres causas que han de analizarse muy especialmente ante una evaluación
pericial:
*Malas
prácticas parentales.
*Elevada
conflictividad.
*Lavado
de cerebro del menor por parte de una figura importante para él o ella (cuyo equivalente
sería el S.A.P)
A
los tres meses de un accidente de tráfico el 23% de las personas padecerá
secuelas psicológicas. Al año, un 16
% de las personas seguirá padeciéndolas
(Ehlers et al., 1998). Existe un buen número de factores,
como que el acompañante salga herido, capaces
de incrementar ese porcentaje. Por su parte, el apoyo social o una adecuada
atención psicológica suponen factores protectores.
Si en vez de un accidente de tráfico
es un huracán el que arrasa el hogar, el 26%
(Delatíbodier et al. 2000) de las personas sigue con secuelas psicológicas un año después.
Cuando es un terremoto de 8.8º Richter el que azora, el 22% de los damnificados padece secuelas de
Trastorno de Estrés Postraumático (TEPT). Ahora bien, los efectos no parecen
ser los mismos cuando la persona es menor edad.
Por citar un ejemplo, en el terremoto de la localidad andaluza de Lorca
un 44,5% de las niñas y
un 35,9% de los niños aun seguía con
secuelas psicológicas pasado un año (López y López, 2011). Pero…¿en qué
consisten estas secuelas? Pues, además del clásico eje de ansiedad, depresión o
ambos a la vez, es relativamente frecuente encontrarnos con el Trastorno de
Estrés Postraumático (TEPT).
Para
que tenga lugar el Trastorno de Estrés Postraumático es imprescindible que la persona viva la situación o situaciones
con una respuesta “de miedo, horror o
indefensión” (APA, 2000). Esta reacción inicial llega inesperadamente y entra
en la consciencia como un gancho en la mandíbula. El TEPT ha llegado y suele
hacerlo para quedarse una temporada. Además, no suele venir solo. En esta línea, Friedman (1996) refiere que hasta el 80% de las personas
diagnosticadas con TEPT presentan comorbilidad con, al menos otro trastorno
mental.
Para
el desarrollo de TEPT, con frecuencia, no es preciso haber vivido la situación
traumática en primera persona ya que los testigos o personas que socorrieron en
el momento del trauma, también pueden padecerlo. De esta manera y a grandes
rasgos podemos afirmar, sin temor a equivocarnos, que el TEPT está conformado
por tres grupos de síntomas: Reexperimentación, evitación e hiperactivación.
Reexperimentación
Y así, es cómo a la persona le asaltan
recuerdos del suceso sin que pueda evitar controlarlos. Los sueños
desagradables pueden estar presentes y de estar, suelen volver de manera
recurrente. El cerbero asume que no estaba preparado en el momento del trauma
para enfrentarse al evento. Por ello, y en un intento vano de preparar el
cerebro, se bombardea a sí mismo con lo ocurrido para mantener a la persona
alerta y, en caso de una situación mínimamente parecida, la persona escape o
luche a la primera ocasión. El problema es que la situación no suele volver a
presentarse.
Evitación
Dentro
de esta reacción al trauma tan virulenta, las conversaciones sobre lo ocurrido suelen ser mal
venidas y con frecuencia se evitan las actividades, lugares o personas
relacionados con los acontecimientos. Lógicamente, estas actividades, lugares o
personas no tienen porqué haber sido culpables del trauma, ni muchísimo menos, pero como ambos recuerdos se almacenaron cercanamente en el tiempo, el cerebro los ha metido juntos en el mismo cajón.
Con
frecuencia, las personas pierden el interés por cosas que antes le gustaban.
Pueden aparecer sentimientos de derrota o pérdida. Las dificultades de
concentración es habitual que estén
presentes, ya que la mente se haya enfrascada en procesar lo ocurrido. Este embotamiento puede producir que la persona sea incapaz de desarrollar relaciones amorosas e incluso puede sentir que el futuro es un lugar desolador y carente de objetivos.
Hiperactivación
Este
aspecto se puede expresar coloquialmente en que “se está a la que salta”. El mal humor puede llegar a convertirse en
algo cotidiano. El cerebro mantiene alto un nivel de alerta por si se vuelve a
presentar el peligro. Y con frecuencia, las personas aquejadas de TEPT ven
peligros y amenazas donde no los hay, con las reacciones de angustia derivadas
de ello, para ellos y sus seres queridos. La persona se agota por el nivel de exceso de alerta y la amenaza no
se presenta. De esta manera, es fácil que aparezcan otros trastornos dentro del eje ansioso, depresivo o ambos a la vez.
Históricamente, uno de los orígenes del TEPT se lo debemos al
concepto de “neurosis de espanto”
formulado por Kraeplin (1883). Este concepto fue
afinado por Hermann Oppenheimer
unos años más tarde, en 1892, bajo la denominación de “neurosis traumática”
(Talarn, Navarro, Rossel, y Rigat,
2006). En 1915 Myers publicó en The
Lancet un artículo que hablaba sobre pérdida de memoria, visión, gusto y
olfato a raíz del Shell Shock en un grupo reducido de soldados. Este término fue
usado para definir las reacciones que experimentaban los soldados a causa de
elementos de artillería (Casado-Blanco y Castellano-Arroyo, 2013). En el siguiente vídeo pueden verse algunos de los efectos psicológicos del TEPT, comórbidos con trastornos de conversión, tras la Primera y Segunda Guerra Mundial. Se advierte que los siguientes vídeos puede herir la sensibilidad del lector/a.
Fue
a mediados de la guerra del Vietnam cuando los norteamericanos denominaron al TEPT
como “gran reacción al estrés” en el DSM-I (APA, 1952). Dentro del estudio de
este trastorno los psicoterapeutas militares se dieron cuenta que cuando
enviaban a los soldados afectados a casa, las reacciones de estrés seguían
presentes y con frecuencia empeoraban. Desde entonces, es habitual que tras un
evento traumático de guerra, se ordene que los soldados vuelvan a su combativo ejercicio
de manera casi inmediata, ya que es allí donde está la amenaza que les
persigue. Y es allí, donde con frecuencia mejor pueden enfrentarse a ella. Por
otro lado, esta intervención no es aplicable a todos los casos.
De
esta manera, se concluye que técnicas como
la Desensibilización y el
Reprocesamiento por los Movimiento Oculares (cuyas siglas en inglés son EMDR),
ayudan a que la persona reprocese el trauma, esta vez sin las consecuencias
traumáticas que le siguieron. Cierto es, que hay otras técnicas eficaces, como la
Exposición (exposición gradual al estímulo temido usando relajación), aunque el coste emocional suele ser mayor. Esto hace que bajo el
balance de costes emocionales/beneficios terapéuticos del EDMR de Shapiro sea la elección más adecuada para el tratamiento del TEPT. Por su relevancia en el campo del tratamiento del TEPT le hemos dedicado un artículo específico.